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Historia de superación: joven con discapacidad física ingresa a la UNI

"No funcionan mis piernas, pero sí mi corazón y cerebro", sostiene Eduardo Sebastián Mamani Brañes

Por Silvana Quiñónez

Ni el ascensor malogrado de su edificio, ni el largo tiempo esperando un espacio en el bus del Metropolitano, ni la indiferencia de las personas que ignoran sus derechos impidieron que Eduardo Sebastián Mamani Brañes logre su objetivo: ingresar a la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI).

Con 17 años y a solo dos meses de terminar su etapa escolar, “Sebas” consiguió superar con éxito el examen de admisión 2023-I de la UNI, con un puntaje de 14.021, en la carrera de Ingeniería Mecatrónica. Ahora es el segundo cachimbo con discapacidad en esta casa superior de estudio, considerada la más difícil del país.

Pero el camino que debió recorrer no fue fácil, confiesa a la agencia Andina. Mucho menos en un país donde abunda la discriminación hacia personas con discapacidad y la legislación pocas veces se cumple. Eduardo es consciente que tiene una enfermedad que lo condiciona a estar en una silla de ruedas, pero resalta que eso nunca lo detuvo para alcanzar sus metas.

Pasión por la robótica

Desde pequeño sabía lo que quería estudiar, tenía una gran creatividad, le gustaban los robots y las matemáticas, especialmente la geometría. Su madre, Vanesa Brañes, cuenta que por dos años lo llevó clases de robótica durante sus vacaciones, debido a esta fascinación por crear y diseñar herramientas novedosas.

“Sebas”, como prefiere llamarlo, tiene miopatía central core, una rara enfermedad que afecta a su corazón, músculos y pulmones, y una insuficiencia aórtica. Esta patología la heredó de su abuelo y también lo presentan su madre, su tía y su hermana, quienes al, igual que él, tienen dificultad para caminar aunque en distintos grados.

Cuando tenía 12 años, sus padres tuvieron la difícil misión de decirle que en adelante debía usar su silla de ruedas. “Pensé que iba a llorar o enojarse, pero no, a pesar de ser tan joven, fue muy maduro y me dijo que no podía echarme la culpa, al final es Dios quien decide”, recuerda la señora Vanesa.

Hasta ahora rememora sus reconfortantes palabras de su hijo: “No tengo mis piernas, pero sí mi corazón y mi cerebro y con eso es suficiente”.

Reto diario

Cruzar la puerta de su casa para ir al colegio o al centro preuniversitario ha sido todo un reto, ya que su familia vive en el quinto piso de un departamento en el distrito de Jesús María. Aunque el edificio cuenta con un ascensor, pocas veces funciona.

“Para él, ir a estudiar es un sacrificio. Como ven, el ascensor está malogrado, hay que levantarlo más temprano, ayudarlo a cambiar y a que tome desayuno. Aunque su papá no vive con él, viene todos los días para cargarlo hasta la planta baja”, narra la madre. Justo cuando Andina lo visitó para elaborar esta nota, constató que el ascensor estaba averiado.

La señora Vanesa recuerda que sus clases en el centro preuniversitario comenzaban a las 7:00 a.m., por lo cual tenían que salir de casa a las 06:00 a.m. Desde su casa debían dirigirse hasta el paradero del Metropolitano, para llegar en su silla de ruedas hasta la estación España, en el Cercado de Lima; todo ese trayecto duraba casi media hora.

“Sebas” vive en el quinto piso; su familia requiere que el ascensor funcione permanentemente

“A veces el bus va lleno y el espacio para personas con discapacidad no está disponible porque hay mucha gente, aunque, por ley, eso debe estar libre. Como no encuentro asiento, el bus se va y tengo que esperar en la estación casi una hora o más”, lamenta Eduardo Sebastián.

Esperan más empatía y solidaridad

Además del transporte, la familia espera que todas las instituciones, incluyendo a las escuelas y casas de estudio superior, adapten sus espacios para que todas las personas puedan realizar sus actividades con normalidad y sin discriminación.

“Muchas veces las personas con discapacidad dejamos de estudiar porque los colegios y las universidades no están aptas para nosotros, y que él haya ingresado a la UNI ya es un gran logro, porque a pesar de que su enfermedad ha avanzado severamente este año, Sebas aún seguía estudiando”, destaca su madre con orgullo.

“Sentí una gran satisfacción cuando ví que obtuve una vacante”, señala “Sebas”

Día del examen

El examen, en el que postularon más de 5000 jóvenes, se desarrolló durante tres días: aptitud académica y humanidades (lunes 13), matemáticas (miércoles 15) y física y química (viernes 17 de febrero).

Eduardo revela que no sintió nervios antes de rendir cada prueba; no estaba confiado, pero tampoco quería presionarse a sí mismo. Su única preocupación era no llegar tarde.

Cuenta que esperó los resultados con calma. “No estaba confiado, pero nada iba a cambiar si sabía o no (los resultados), igual tenía que seguir estudiando. (…) Al final sentí una gran satisfacción al ver que, de la cantidad de vacantes, yo obtuve una”, resalta con alegría.

El diploma de ingreso de la mano del rector de la UNI, Alfonso López-Chau

Sueños sin límites

Los sueños de Eduardo no tienen límites. Aunque ya completó su primer objetivo de ingresar a la universidad, reconoce que la competencia no ha terminado y que, a partir de ahora, vendrán nuevos retos que afrontar, por lo que no se detiene y sigue estudiando. Por ahora busca un equilibrio entre sus estudios y su vida social, hasta egresar y obtener un doctorado.

“Es el inicio, solo he subido un escalón y me faltan muchos más por subir”, dijo el ahora cachimbo de la UNI, quien sueña con asociarse con médicos y crear alternativas que brinden a personas como él las fuerzas necesarias para caminar.

El ahora cachimbo junto a sus padres, quienes siempre le han brindado el apoyo para que estudie

A pesar de su corta edad, Eduardo es un chico muy inteligente, positivo y maduro, pero también tiene un carácter muy fuerte que le ayuda a defender sus derechos a capa y espada. Para él, “todo se puede, solo hay que tener, como todos, una gran disciplina. Más que todo dedicación y constancia”.

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